SERENA
Desperté de golpe, el cuerpo empapado en sudor, los músculos tensos, la respiración entrecortada. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. La habitación de hotel, las sábanas revueltas, el olor a champán aún flotando en el aire.
Y entonces me giré a un lado y lo vi a él.
Damiano, a mi lado, desnudo, dormido, con el brazo aún extendido hacia mi cintura como si me reclamara incluso en sueños.
Un grito ahogado salió de mi garganta. Salté de la cama como si me hubieran puesto un hierro