SERENA
Desperté de golpe, el cuerpo empapado en sudor, los músculos tensos, la respiración entrecortada. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. La habitación de hotel, las sábanas revueltas, el olor a champán aún flotando en el aire.
Y entonces me giré a un lado y lo vi a él.
Damiano, a mi lado, desnudo, dormido, con el brazo aún extendido hacia mi cintura como si me reclamara incluso en sueños.
Un grito ahogado salió de mi garganta. Salté de la cama como si me hubieran puesto un hierro caliente sobre la piel, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la pared. Sentía el cuerpo desnudo, vulnerable, como si estuviera expuesta al mundo entero.
—¡Serena! —Damiano se incorporó, medio dormido, los ojos abiertos con alarma—. ¿Qué pasa?
Me cubrí el pecho con los brazos, temblando, sin poder responder. Solo quería huir. Salí corriendo hacia donde sea que había dejado la ropa la noche anterior. La recogí con manos torpes, intentando vestirme mientras el corazón me latía como un ta