SERENA
No soy la misma que salió de Milán hace tres meses, con el corazón en la garganta y un boleto a Texas como única salida.
Esa Serena se quedó atrás, en una habitación de hotel donde Damiano pensó que podía comprarme con champán y mentiras. Ahora, de pie frente al despacho de mi padre, siento la rabia quemándome las venas, lista para explotar.
Empujo la puerta sin tocar y lo encuentro ahí, detrás de su escritorio, con Gabriele a su lado, ambos mirándome como si fuera una pieza que necesita encajar en su maldito rompecabezas.
—¿Qué es esto? —suelto, sin saludar, mi voz cortante mientras clavo los ojos en mi padre—. ¿Otra reunión para decidir mi vida? Porque te juro que no tienes ni un puto derecho a tratarme como un objetivo comercial.
Mi padre levanta una ceja, sus manos cruzándose sobre el escritorio, pero no dice nada. Gabriele, en cambio, se tensa, dando un paso hacia mí.
—Serena, cálmate —dice, su voz baja, intentando apagar el fuego que ya encendí—. Nadie está decidiendo nad