SERENA
Han pasado un par de horas desde que trajeron a Dante a esta habitación después de la cirugía, y yo no me he movido, sentada junto a su cama, mirando su cara pálida bajo las luces tenues del hospital.
Los monitores pitan lento, un ritmo que me mantiene anclada, pero mi cuerpo está agotado, mis ojos ardiendo de tanto contener las lágrimas. Durante este tiempo, han entrado y salido médicos, sus voces bajas y urgentes mientras le hacían estudios adicionales. Uno de ellos, un hombre mayor con gafas gruesas, me explicó hace un rato que habían notado algo en los primeros escáneres que los inquietó.
—Hemos visto una contusión que no detectamos al principio —dijo, su tono firme pero calmado, ajustándose las gafas mientras miraba una tablet—. Un hematoma subdural pequeño, probablemente por el impacto. Lo controlamos en cirugía, pero podría haber presión en el cerebro. Esperaremos a que despierte para evaluar el daño.
—¿Qué significa eso? —pregunté, mi voz temblando. No lograba entender