DAMIANO
Conduzco rápido, el Fiat gris temblando bajo mis pies mientras dejo atrás el centro comercial, el pueblo, el cuerpo de Dante tirado en la calle. Mi corazón late desbocado, mis manos sudando contra el volante, y no miro atrás, no puedo. La imagen de Serena corriendo hacia él, cayendo de rodillas, se queda grabada en mi mente, pero la empujo fuera, enfocándome en la carretera, en escapar. No sé si alguien vio el coche, no sé si me seguirán, pero no voy a quedarme para averiguarlo.
Llego a una gasolinera a las afueras, abandono el Fiat en un rincón del estacionamiento, y tomo un taxi al aeropuerto de Milán-Malpensa. Compro un boleto de última hora a París, mi coartada intacta, mi respiración todavía agitada mientras paso por seguridad, mi traje gris arrugado pero mi cara impasible.
El avión despega, el zumbido de los motores llenando el silencio, y me recuesto en el asiento, mirando por la ventana la ciudad que dejo atrás.
Llamé a Serena esta mañana, le dije que estaría en Franci