SERENA
Me siento en una silla dura, mi teléfono temblando en mis manos mientras marco el número de mi hermano, sé que es muy tarde, pero no tengo a quien más llamar, a nadie más que pueda ayudarme.
El tono suena una, dos veces, y cuando contesta, su voz sale alta, cargada de preocupación.
—¿Serena? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunta, el sueño evaporándose de su tono.
—Estoy bien, hermanito.
—¿No es una emergencia?
—Sí, sí lo es—respondo rápido, mi voz baja pero firme—. No es por mí, pero sí es una emergencia.
—¿Entonces qué demonios pasa? —replica, exasperado—. ¿Me llamas a las tres de la madrugada por qué? ¡Ya dime! Y espero que no sea una de tus tonterías.
—¿Y yo cuando te llamo para tonterías?
—No me alcanzaría la noche para enumerar las veces.
—Esta no es una de esas, así que cálmate. ¿Conoces a alguien de la familia Queen? —pregunto, ignorando su enojo, mi respiración contenida.
—¿Queen? En Italia hay un montón de Queen —dice, su voz subiendo otra vez—. ¿De cuáles hablas?
—Los Que