SERENA
Me siento en una silla dura, mi teléfono temblando en mis manos mientras marco el número de mi hermano, sé que es muy tarde, pero no tengo a quien más llamar, a nadie más que pueda ayudarme.
El tono suena una, dos veces, y cuando contesta, su voz sale alta, cargada de preocupación.
—¿Serena? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunta, el sueño evaporándose de su tono.
—Estoy bien, hermanito.
—¿No es una emergencia?
—Sí, sí lo es—respondo rápido, mi voz baja pero firme—. No es por mí, pero sí es u