Nigel
Nueva York seguía igual.
El ritmo acelerado, la ciudad que nunca dormía, la gente que iba y venía sin detenerse. Pero yo sí había cambiado.
Desde que Trish se fue, mi rutina había sido la misma: trabajo, gimnasio, casa. No era una vida mala, en absoluto. Era estable, era tranquila. Y en muchos sentidos, era exactamente lo que necesitaba para dejar de pensar en ella.
Había días en los que el recuerdo de su sonrisa me golpeaba sin previo aviso. En los que su voz se filtraba en mi cabeza y t