Nigel
Nueva York seguía igual.
El ritmo acelerado, la ciudad que nunca dormía, la gente que iba y venía sin detenerse. Pero yo sí había cambiado.
Desde que Trish se fue, mi rutina había sido la misma: trabajo, gimnasio, casa. No era una vida mala, en absoluto. Era estable, era tranquila. Y en muchos sentidos, era exactamente lo que necesitaba para dejar de pensar en ella.
Había días en los que el recuerdo de su sonrisa me golpeaba sin previo aviso. En los que su voz se filtraba en mi cabeza y tenía que recordarme, una y otra vez, que ya no podía pensar en ella de esa manera. Que nunca debí haberlo hecho.
Para empezar… nunca debió pasar.
—Si sigues con esa cara de funeral, nadie querrá acercarse a ti esta noche. — La voz de Percy me sacó de mis pensamientos. Estábamos en el bar del evento de la empresa, una fiesta de gala donde todos bebían, reían y fingían que el estrés de la semana no existía.
—Estoy bien —mentí, llevándome el vaso de whisky a los labios.
Percy bufó.
—Hombre, estás s