Trish.
El aroma del café recién hecho llenaba la cocina cuando bajamos a desayunar. La luz de la mañana apenas asomaba por las ventanas, y había algo en la quietud del amanecer que hacía todo parecer más suave, más íntimo. Nico estaba a mi lado, preparando un plato para ambos, mientras yo intentaba concentrarme en el desayuno en lugar de todo lo que había pasado entre nosotros la noche anterior. Demasiado rápido, demasiado intenso. Demasiado perfecto.
Tomé un sorbo de café, intentando calmar los nervios que no habían desaparecido desde entonces. Estábamos sentados en silencio, pero no era incómodo. De alguna manera, estar con Nico en esos momentos tranquilos se sentía... correcto. Como si no necesitáramos llenar el espacio con palabras.
—Hoy quiero mostrarte algo —dijo de repente, interrumpiendo mis pensamientos.
Lo miré, algo curiosa.
—¿Qué cosa?
Nico sonrió, esa sonrisa suya que siempre tiene un aire de misterio y diversión.
—Vamos a montar a caballo. Quiero llevarte a ver el amane