Vivienne Vance.
La mañana parecía tranquila, o al menos eso intentaba repetirme mientras revisaba los informes que llevaba horas mirando sin realmente procesar.
La oficina estaba en silencio, rota solo por el susurro del aire acondicionado y el golpeteo rítmico y nervioso de mis dedos contra el escritorio. El brillo blanco del monitor me ardía en los ojos, como si me reprochara la falta de sueño.
Había dormido poco, mal, inquieta.
Y cada vez que cerraba los ojos veía la imagen de Caelan parado en mitad de la o