Todo lo que Nunca Dije.
La primera decisión que tomé esa mañana fue cerrar la puerta. No con violencia, no con énfasis.
Simplemente la cerré y giré la llave una vez, escuchando el clic metálico como si fuera una confirmación íntima. Mi oficina olía a café viejo y a papel, a trabajo acumulado y a horas que no se miden en relojes corporativos.
No había sensores visibles, no había cámaras ocultas en las esquinas, no había nadie anticipándose a mis movimientos.
Era un espacio imperfecto y era mío.
Me quité el abrigo y lo