Se Acabó el Juego.
Llegué a mi escritorio con un temblor en el cuerpo que no pude disimular. Por más que intentara respirar profundo, el recuerdo de la camioneta gris seguía persiguiéndome como una sombra pegajosa.
Me dolían los hombros de la tensión. Me dolía la mente.
Noah caminaba pegado a mí, con su cuaderno de dibujos contra el pecho. Cada vez que escuchaba un ruido en el pasillo, se encogía un poco. Yo también.
Me senté e intenté abrir mi computadora, encenderla, hacer algo que se pareciera mínimamente a em