Huecos.

El primer indicio fue tan pequeño que casi lo ignoré.

Tan doméstico, tan insignificante, que en otro contexto habría pasado como una discusión más, una de esas que se olvidan antes del desayuno.

Caelan estaba de pie frente al escritorio improvisado de la sala de estar, con el ceño fruncido y los hombros tensos. Yo estaba preparando café cuando habló.

—¿Por qué moviste esto?

No levantó la voz. No fue acusatorio, fue directo, seguro. Me giré con la taza en la mano.

—¿Mover qué?

Señaló una carpeta
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