El Poder no se Detiene.

El hospital tenía ese silencio artificial que no tranquiliza a nadie. No era ausencia de ruido, sino una acumulación de sonidos controlados: el pitido constante de los monitores, el murmullo de voces bajas, el roce de zapatos sobre el piso pulido.

Todo estaba diseñado para funcionar sin sobresaltos, incluso cuando las personas dentro se estaban rompiendo.

Caelan llevaba tres días internado.

Tres días de diagnósticos que no se cerraban del todo, de términos médicos cuidadosamente ambiguos, de fr
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