El Costo de Saber.
El aire estaba pesado en mi oficina, incluso más de lo habitual. Me senté frente a la ventana, viendo cómo la ciudad seguía su ritmo indiferente, sin percibir que, entre sus calles y sus edificios de cristal, se tejía algo que podía cambiarlo todo.
Dorian estaba allí, parado junto a la puerta, con la postura firme de siempre, pero con un matiz que me hizo temblar: una calma inquietante, como si supiera que lo que estaba por venir ya no se podía detener.
—Elara —empezó, sin rodeos—. Tenemos todo