Activación.
No fui yo quien llamó a Caelan, fue él quien llamó primero.
A las nueve y doce de la noche, cuando el apartamento ya se había convertido en una cámara de eco para mis pensamientos, el teléfono vibró sobre la mesa. Miré la pantalla y su nombre iluminó la oscuridad como una advertencia.
Caelan.
Contesté al segundo tono.
—¿Dónde está? —preguntó sin saludo previo.
Su voz no estaba alterada, no gritaba, no exigía, y eso fue lo que confirmó que ya lo sabía.
—No está conmigo —respondí con la misma con