La Casa Vacía.
La casa estaba demasiado silenciosa cuando abrí la puerta.
No fue un silencio normal, de esos que se instalan cuando alguien sale a hacer compras o baja a tirar la basura. Fue un silencio espeso, cargado, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
El tipo de quietud que no se percibe con los oídos, sino con la piel. Me detuve en el umbral antes de entrar del todo, con la llave aún entre los dedos, y durante un segundo absurdo esperé escuchar el golpeteo ligero de los pasos de