El día siguiente amaneció gris, con un viento helado que parecía atravesar las paredes del internado. El rumor de lo ocurrido con Cassia todavía se arrastraba por los pasillos como un espectro venenoso. Las chicas me miraban de reojo, apartaban la vista cuando yo pasaba, como si temieran que una sola mirada mía pudiera desgarrarles la mente. Por primera vez, susurros y burlas se habían transformado en miedo.
No debería haberme importado, y sin embargo lo hacía. Porque ese temor no era respeto.