La noche era mi cómplice. Un manto de terciopelo negro sin luna, salpicado apenas por el brillo frío de estrellas distantes. Dentro de mi habitación, cada tic-tac del reloj sobre la repisa era un latido más en la cuenta regresiva hacia mi libertad. O hacia mi perdición.
No dormí. No podía. Cada nervio en mi cuerpo cantaba una canción de anticipación y miedo. Había empaquetado lo indispensable en un pequeño fardo: un abrigo más grueso, un cuchillo pequeño de la mesa, y el archivo sobre los D'Arc