Me llevaron a lo que, según dijeron, sería mi habitación. Una joven de la manada me guió en silencio, aunque su mirada hostil hablaba más que cualquier palabra. Caminaba un paso delante de mí, los hombros tensos, como si el simple hecho de tener que conducirme por los pasillos de la fortaleza fuera una humillación personal.
No me sorprendía. Desde que crucé los muros de Kaelthorn, cada par de ojos que me miró lo hizo con desprecio. Yo era la intrusa, la pieza forastera que nadie pidió en este t