Cuando entré, la primera cosa que noté fue la sonrisa en el rostro de mi padre, de inmediato supe que algo no andaba bien.
No era una sonrisa genuina; era una mueca que sabía, con una certeza inquietante, que ocultaba algo siniestro.
Mi estómago se revolvió al instante.
—¿Qué está pasando aquí? —cuestioné, frunciendo el ceño y tratando de mantener la calma a pesar de la incomodidad que me invadía.
El hombre de rostro serio y cabello entrecano que solía ser mi padre se giró lentamente hacia mí