Mateo tensó la mandíbula. Aquella inusual valentía de Lucía hacía que su mente divagara. Recordó lo de Bruno Silva, su posición amenazada, y ahora veía a una Lucía que parecía no importarle la carga que él llevaba sobre sus hombros. Su ego de hombre y de futbolista, adorado como un dios por los fans, se sentía herido.
—Al diablo con tus sentimientos —susurró Mateo con frialdad—. Pero si esa sonrisita tuya tiene algo que ver con alguien allá afuera que pueda dañar la reputación de este matrimoni