El deportivo recorría las calles de Madrid en un silencio absoluto. Ni Mateo ni Lucía soltaron ni una palabra. Hasta que el coche cruzó finalmente la puerta de su mansión.
Mateo aparcó de forma brusca, apagó el motor y se bajó sin esperar a Lucía.
El sol de mediodía pegaba fuerte; apenas eran poco más de las doce, pero el ambiente entre ellos estaba más frío que nunca, nada que ver con la calidez que solían fingir ante las cámaras.
Lucía abrió su puerta, se limpió las lágrimas secas de las meji