El corazón de Lucía seguía latiendo a mil por hora, negándose a calmarse. La charla de anoche la había dejado casi sin dormir, y la promesa de Mateo de proteger el orfanato terminó por derribar todas sus defensas.
Ahora, se quedaba mirando la enorme cocina de la mansión con la mente en blanco. La noche había pasado, dejando tras de sí un peso extra y una calidez inesperada.
Esta mañana, Lucía intentaba distraerse. Estaba parada frente a la cafetera, preparando un café con leche caliente; el aro