—Siempre tienes una excusa para relacionarlo todo con el contrato o los medios, ¿no? —masculló Lucía con fastidio, aunque su voz sonaba más a un berrinche que a enojo real.
—Claro que sí. Ahora, echa tu cabello hacia adelante —ordenó Mateo con brevedad.
Lucía dudó un segundo. Pero el dolor, que se volvía cada vez más insoportable, y la resignación de no poder alcanzar su propio cuello terminaron por hacerla ceder. Lentamente, apartó su espesa melena hacia adelante, dejando su cuello largo y sus