Lucía se puso en pie, se sacudió el polvo de los pantalones y caminó hacia la sala principal. Allí había dos tipos con trajes gris oscuro, rígidos como un palo. El que iba delante era un poco gordo, con el pelo engominado hacia atrás y una carpeta de cuero gruesa bajo el brazo. Su lenguaje corporal gritaba esa arrogancia burocrática tan típica.
—Buenas tardes. ¿Lucía Vega? —preguntó el tipo sin ni siquiera un saludo. Su voz era plana, pura intimidación.
—Sí, soy yo. Lucía Vega, la directora del