El apartamento de Clara se sentía como el último refugio para Lucía. El segundero del reloj en la pared de madera marcaba las once de la noche, pero Lucía seguía con los ojos bien abiertos, mirando el techo blanquecino de la habitación de invitados.
Cada vez que cerraba los ojos, el rostro furioso de Mateo aparecía de nuevo, junto con sus crueles acusaciones sobre su cercanía con Rafael, apretándole el pecho como si tuviera un cinturón de acero que se ajustaba más y más.
Un golpe suave en la pu