—Bianca, vamos —susurró Enzo al oído de la mujer, con una voz pegajosa que le revolvió el estómago—, mira, la gente está bailando. Tú y yo deberíamos hacer lo mismo. Quizás... quizás deberíamos ir a un lugar un poco más discreto.
A pesar del mareo, de la confusión que la sustancia vertida en su bebida le provocaba, una chispa de consciencia se encendió en Bianca. No era ninguna ingenua; entendía perfectamente las intenciones de ese hombre.
—No, en serio, no quiero bailar —repitió, intentando qu