Aquella tarde, la urgencia de Bianca por encontrar un bocado delicioso para sus hijos la impulsó a una prisa inusual. Sin apenas mirar, tropezó con una figura, y sus compras volaron por los aires. Levantó la vista, dispuesta a disculparse, y su aliento se detuvo en la garganta. Frente a ella, con una mirada curiosa, estaba Steven, inconfundible, pero transformado. Hacía años que no lo veía. Una barba incipiente le otorgaba un aire maduro, una seriedad que solo el tiempo puede esculpir.
—¡Steven