El timbre insistente del teléfono rasgó el silencio de la madrugada, haciendo que Eric refunfuñara. No tenía idea de quién lo llamaba a esas horas, pero el sonido no cesaba. Finalmente, con un bufido y la voz ronca por el sueño, extendió la mano hacia la mesita de noche. Ni siquiera se molestó en mirar el número; simplemente contestó.
—¿Qué quieres? —soltó, su tono reflejando su fastidio.
Al otro lado de la línea, la voz desesperada de Mariola lo golpeó como un balde de agua fría.
—Eric, no que