Tatiana se levantó abruptamente de la cama, la furia vibrando en cada fibra de su ser. Sus ojos, aún hinchados por las lágrimas, lanzaron chispas al mirar a su madre.
—¿Sabes qué, mamá? —dijo, la voz cargada de resentimiento—. Me iré de esta casa. Ya no soporto lidiar con todo esto como si yo fuera la única culpable.
Mariola se apresuró a interponerse en su camino, el pánico reflejado en su rostro.
—¡No te vayas! ¡No deberías ir a ningún lado en este estado! ¡Ni siquiera has comido nada!
—¡No