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Isaac, al notar el temblor en las manos de Julia y la mirada perdida en sus ojos, supo que debía detenerse. No era un experto en estas situaciones, pero la lógica le decía que no podía simplemente seguir conduciendo como si nada hubiera pasado. Se detuvo a un lado de la carretera, con las luces del auto iluminando la oscuridad.

—¿Te encuentras bien? ¿cómo te llamas? —preguntó de nuevo, su voz ahora más suave, menos dura.

Ella lo miró, sus ojos azules llenos de un miedo persistente.

—Me lla
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