La luna se alzaba, inmensa y pálida, bañando la habitación con su luz de plata.
Cuando sus manos rozaron su pecho, sintió el temblor del hombre y la bestia. Murmuró en sus labios.
—Soy tu luna.
—Sí, eres mi luna.
Acariciaba su espalda con sus manos, mientras las garras emergían formando ligeros surcos en su piel.
—Eres fuego en mi piel.
—Entonces no me alejes de ti.
Stefano cerró los ojos. Sus dedos se enredaron en el cabello de Adara, y su frente se apoyó contra la de ella. El aire se volvió denso, cargado de algo más que miedo.
La besó como si en ello se le fuera la vida: primero con rabia, luego con ternura, y al final con una entrega que hizo temblar los cimientos de la torre.
No hubo palabras, solo el roce de la piel, el fuego del vínculo latiendo entre ambos, la marca azul que brillaba en su espalda mientras la luna los observaba.
Cuando el silencio volvió, Adara apoyó su cabeza en el pecho de Stefano.
—¿Ves? —susurró ella—. No hay maldición que pueda contra esto.
Los ojos dorad