La luna se alzaba, inmensa y pálida, bañando la habitación con su luz de plata.
Cuando sus manos rozaron su pecho, sintió el temblor del hombre y la bestia. Murmuró en sus labios.
—Soy tu luna.
—Sí, eres mi luna.
Acariciaba su espalda con sus manos, mientras las garras emergían formando ligeros surcos en su piel.
—Eres fuego en mi piel.
—Entonces no me alejes de ti.
Stefano cerró los ojos. Sus dedos se enredaron en el cabello de Adara, y su frente se apoyó contra la de ella. El aire se volvió de