Isabella llegó a la mansión y tal como le había dicho su abuela en un principio, parecía que no había nadie, cosa que le extrañó.
En el enrejado estaba un solo hombre, uno que no parecía muy familiar, cuando siempre había entre dos o tres vigilantes, pero el sujeto pareció reconocerla, porque de inmediato abrió al auto y saludó con simpatía.
Una vez llegaron a la enorme entrada principal de la mansión, Isabella notó que no salió nadie para recibirla, siempre salía algún empleado para abrir la