Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 2
Nunca imaginé que algo pudiera doler tanto. Ver a Daniel arrodillado frente a mi hermana ya había sido suficiente, pero cuando sacó el anillo que yo misma había elegido para mí, sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Ese anillo lo habíamos visto juntos unas semanas antes, cuando él dijo que quería “conocer mis gustos”. Y ahora estaba en el dedo de Ximena, brillando como una burla directa hacia mí.
No podía soportarlo más. Solo corrí hacia el jardín. Necesitaba aire. Necesitaba alejarme de esa escena. Pero Daniel no tardó en alcanzarme. Me tomó del brazo con fuerza, intentando detenerme.
—Carolina, espera —dijo, desesperado.
Me giré de inmediato. La rabia y el dolor se mezclaban en mi garganta.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué hiciste esto? Merezco una explicación. Merezco la verdad.
Daniel evitó mi mirada.
—No podía casarme contigo —respondió finalmente—. Mi papá espera que yo sea perfecto. Tener una esposa… gorda… no es lo que él quiere para mí.
Me quedé helada. Me dolio la crudeza de sus palabras. Para el yo era un defecto, amar a alguien como yo era un error.
Sin pensarlo, le di una cachetada.
—Yo valgo más que cualquiera de ustedes —le dije, la voz firme aunque me temblaban las manos—. No necesito que me humilles por quién soy. Y no voy a quedarme escuchando tus excusas.
Me solté de su brazo y caminé hacia mi coche. No miré atrás. Manejé hasta mi casa con las manos temblando, tragándome las lágrimas una y otra vez. No quería que Daniel sintiera que había ganado. No quería darle ese poder.
Pero al llegar a mi habitación y cerrar la puerta, me derrumbé.
Pasaron semanas...
Estaba muy deprimida, me despertaba sin ganas de nada. La comida era un refugio a mi ansiedad, Mi hermana parecía disfrutar cada segundo de mi miseria y mi papá no sabía la causa de mi estado.
La única que estuvo conmigo sin juzgarme fue Laura, mi mejor amiga. Venía a verme cada tarde con café y galletas, y se sentaba en mi cama aunque yo no hablara.
—Tienes que olvidarlo, Caro —me decía siempre—. Ese tipo no vale la pena. Tú tenías planes. Sigue con ellos.
Una tarde, cuando ya no pude guardármelo, le confesé lo que más me dolía.
—Yo quería una familia —admití—. Quería ser mamá. Pensé que Daniel sería el hombre con el que podía tener eso, una familia mía, hijos.
Laura tomó mi mano.
—Caro, para ser mamá ya no necesitas un hombre. Hay opciones. Hay maneras de lograr tu sueño sin esperar a que alguien te “acepte”. Puedes hacerlo sola.
La idea no parecía para nada descabellada. Nunca lo había considerado. Siempre pensé que una familia necesitaba dos personas. Pero tal vez no. Tal vez mi sueño no tenía qué morir con Daniel.
Esa misma noche empecé a investigar y la idea tomó forma en mi cabeza, desperté decidida: iba a buscar una clínica de fertilidad. No quería que mi papá, ni Ximena, ni nadie del círculo social lo supiera. Así que elegí una clínica lejos de la ciudad.
Cuando llegué, el médico me recibió con profesionalismo. Me explicó cada detalle del procedimiento, desde las probabilidades de éxito hasta los cuidados posteriores. Hizo muchas preguntas: por qué quería hacerlo, si estaba segura, si tenía apoyo emocional, si entendía que sería madre soltera. Respondí a todo sin dudar. Sabía exactamente lo que quería.
El médico finalmente asintió.
—Bien. Ordenaré los exámenes iniciales, y los revisaré para elegir el mejor medio para ti
Me los hice de inmediato. Una hora después, regresé a su oficina. El doctor miró los resultados con atención. Su expresión cambió.
—Interesante… —murmuró, se notó extraño como muy interesado en los exámenes.
—¿Pasa algo? —pregunté al notar su actitud.
—Tienes tipo de sangre AB negativo —dijo sorprendido—. Es poco común, pero ... Me puede servir
—¿Para que le puedo servir? —frunci el ceño.
—Disculpa estoy divagando, solo estoy haciendo planes para empezar el tratamiento, y que sea exitoso.
No entendí por qué eso importaba, pero no le di más vueltas. Solo quería continuar. Si ese era mi camino, no iba a detenerme.
Salí de la clínica emocionada, Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba tomando una decisión por mí, no por alguien más.
Unos días después del último control, el médico me llamó para pedirme algo más. Me solicitó exámenes genéticos adicionales. Dijo que quería asegurarse de encontrar el mejor donante para mí y que, con mi tipo de sangre, era mejor hacer una revisión más completa. No entendí nada, pero acepté. Ya estaba comprometida con ese proceso.
Ese mes fue largo. Entre estudios, citas y preguntas, me sentí observada desde todos los ángulos. Aun así, no me arrepentí. Cada consulta me recordaba que estaba avanzando hacia mi meta.
Finalmente llegó el día de la inseminación. Me levanté temprano, nerviosa pero decidida. Conducir hasta la clínica me tomó casi dos horas, pero prefería hacerlo lejos no quería miradas conocidas ni rumores corriendo por ahí. Quería privacidad.
Al llegar, me anuncié en recepción. Me mandaron a esperar en una sala. Fue ahí donde él apareció.
Un hombre alto, con ojos verdes claros y una presencia que llamaba la atención de inmediato. Tenía un aire europeo, quizá italiano, y algunos tatuajes que se asomaban bajo su camisa en el cuello. Caminó hacia mí como si me conociera.
—Buenos días, Carolina —dijo con una sonrisa —No te imaginas el placer de conocerte.







