La luz del atardecer se filtraba por los ventanales del despacho privado de Elian, tiñendo las paredes de un naranja dorado que contrastaba con la tensión que flotaba en el aire. Anya permanecía de pie, sosteniendo la carta entre sus dedos temblorosos, mientras observaba al príncipe que le daba la espalda, contemplando los jardines reales con una expresión indescifrable.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó ella finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre ambos desde que le