TRES

Mis pies se clavan descalzos en la tierra húmeda del bosque.

Plantas, piedrecillas, raíces viejas y nuevas, hojas caídas, insectos compactados por la reciente lluvia que a levantado esta espesa neblina a mi alrededor.

La melodía del bosque danza en mis oídos mientras intento definir el camino por el que avanzo.

Llevo el mismo camisón rosado con el que me metí en la cama.

No sé porque ni el cómo he terminado en medio de la nada.

Con el frio calando mis huesos, obligándome a intentar darme calor a mi misma al abrazarme y frotar mis palmas expuestas sobre mis brazos.

Un búho ulula a lo lejos, marcando el eco del tiempo y acompañando casi al compas los diferentes sonidos que crea la naturaleza a mi alrededor.

Detengo mis pasos por una pesada y extraña sensación a mis espaldas.

Como si alguien o algo me acechara.

Mi corazón comienza a bombear con fuerza, agitándose y golpeando contra mi caja toráxica, exigiendo lo que mi cuerpo tarda en procesar.

Huir.

Correr.

Sin mirar a atrás.

Lo hago aún si no soy la mejor haciendo deporte y mi resistencia es nula.

Lo hago sin importar las raíces gruesas que casi parecen querer moverse frente mía y tirarme al suelo para ser capturada por mi depredador.

Porque eso no es humano.

Patas gruesas golpeando la tierra compactada.

Rugidos feroces que casi se sienten rodearme cada vez que me acerco más y más al final del bosque, por la luz clara de la Luna que se desliza en la lejanía frente mía.

He comenzado a jadear y casi puedo sentir mi garganta arrastrar adolorida un quejido al dar un mal paso.

Casi ruedo sobre el suelo, pero consigo restablecerme antes de tiempo y mantener aún la distancia con mi depredador.

Mi pecho duele, se estruja y contrae como si sus propios latidos le quitaran vida.

Estoy a punto.

Estoy realmente a punto de tocar los troncos de los árboles que me aproximan al final.

Estiro la mano esperanzada por alcanzar la libertad, salvarme de lo que me acecha y me caza en la oscuridad.

Pero antes de poder hacerlo algo me golpea.

Me empuja con fuerza haciéndome volar unos metros y golpear el suelo al aterrizar, arrastrándome hasta chocar contra un árbol que sacude todo mi cuerpo en otro quejido más.

Sollozo mientras intento buscar aliento por la forma que el golpe me a machacado los pulmones.

Probablemente tenga unas costillas rotas.

Pero nada de eso importa cuando siento como el hocico de aquella bestia resopla sobre mi cara, completamente oculta por mi cabello revuelto.

Me encojo asustada contra la tierra mojada.

El olor profundo de la naturaleza se mezcla con un aroma mucho más fuerte y gélido, algo que me hace recordar a la muerte.

Pero no puedo morir.

No puedo rendirme.

Debo luchar por Leonel.

Soy lo único que tiene.

Pero antes de que pueda levantarme y enfrentarme a la ferocidad de la bestia, me sobresalto en mi cama, con el sudor bañando mi cuerpo.

Jadeo agitada mirando desorientada mi alrededor.

Intento calmar las pulsaciones frenéticas de mi corazón, repitiendo una y otra vez que solo ha sido una pesadilla.

Solo eso.

Una pesadilla.

Una pesadilla demasiado real, demasiado sentida…

Llevo mis manos hacia mis costillas.

El dolor no es tan fuerte como en el sueño, pero aún así ahí se encuentra una punzada molesta que me hace engruñar mi rostro.

De nuevo he soñado lo mismo.

Solo que esta vez, sí me han alcanzado.

La salida ha estado mucho más lejos que la última vez y cada vez me cuesta más llegar a ella.

Me dejo caer de nuevo en la cama, enfocando el techo blanco que comienza a remarcar la salida del sol.

Aprieto mis parpados y deslizo mis manos por mi cara, intentando darme la paz que solo Leonel consigue empujar en mí.

Ruedo sobre mi cama, demasiado cansada y aturdida.

Es otra de esas mañanas en las que probablemente no voy a conseguir nada al final del día, sino un fuerte dolor de cabeza y una pesada sensación de malestar sobre mis hombros.

Me arrastro lejos de la cama.

Apago el despertador antes de que suene.

Mis pies me duelen al caminar, casi como si realmente hubiera estado corriendo descalza por un bosque.

Y mi cuerpo… ni siquiera lo mencionemos.

Me meto en el baño para comenzar a prepárame.

Una ducha fría que eriza y golpea mi piel para hacerme sentir viva, casi como una certeza a mi misma de que no estoy soñando.

Tras cuidar mi piel untando diferentes aceiteres por todo mi cuerpo, quito el exceso a base de toques suaves con la toalla, para terminar, vistiéndome con uno de mis vestidos azul marino que se entalla sobre mi cuerpo.

Todos en el orfanato pensaron que me haría diseñadora de moda, por siempre estar creando mis propias piezas de ropa.

Es algo a lo que recurres cuando no tienes mucho dinero para malgastar en ropa.

Quien me viera ahora no creería el lugar de donde salí.

Aunque en las pocas entrevistas que he hecho a lo largo de mi etapa empresarial, dejo entrever con orgullo mis orígenes.

Necesito hacerle saber a los niños y niñas que como yo se han quedado a cargo del estado, que pueden lograrlo.

Que realmente pueden salir de los estereotipos que nos fuerzan a encarnar antes las escasas posibilidades que nos prestan y todas esas barreras que debemos de superar.

Seco mi cabello de forma distraída con el secador mientras reviso brevemente mi móvil, repasando la agenda de hoy.

Una vez seco no me ocupo de mucho más que amoldarlo con un poco de aceite que vierto en la palma de mi mano para ayudar a este tipo de cabello caótico.

Ese que pretende ser rizado, pero termina en una combinación extraña de ondulado.

No me molesto en peinármelo de alguna forma en concreto.

Así que prosigo con el maquillaje sutil que me permite ocultar las ojeras y el cansancio que destella en mis ojos.

Al salir del baño me calzo las mullidas y pomposas pantuflas de un rosa claro, antes de dirigirme al exterior de mi habitación, rumbo a la cocina.

En mi casa he implantado ese método previsor y limpio de zapatos en la entrada, para únicamente dejar este tipo de pantuflas suaves apropiándose de las áreas internas de mi hogar.

No me gusta causarle trabajo de más a la gente, aún si he contratado específicamente un equipo de limpieza para cuidar y mantener en perfecto estado mi casa.

Así que siempre intento ensuciar lo menos posible.

Y Leonel, a pesar de su edad, lo disfruta.

Él es el primero que se pone a gruñirle a cualquier invitado que entre a la casa y no se quite los zapatos de la calle.

Es una cosita adorable cuando se molesta.

Como un pequeño hombrecito muy seguro de su palabra.

A pesar de los lujos que mantengo, no soy muy propensa a depender de un personal para hacerse cargo de cosas tan básicas como el desayuno.

Siempre he disfrutado de la cocina.

No soy la mejor, ni podría considerarme un chef en prácticas, pues es aún y se me quema el arroz cuando me distraigo, pero siempre estoy dispuesta a ponerme un delantal y distraerme cocinando.

Probando recetas nuevas, propias o de esas que llaman familiares.

Aunque mis recetas familiares se basan en recetas familiares de otros… pues, no tengo familia.

Y la señora Bolhed, a pesar de ser un encanto y casi como una madre para nosotros, los niños de su orfanato, nunca fue buena en la cocina.

Para eso estaba Pethe… el anciano cascarrabias que custodiaba la cocina como un feroz dragón.

Así que aprendí por mi cuenta en cuanto tuve la oportunidad.

Por lo que me entretengo en prepararnos un desayuno equilibrado y nutritivo para los dos.

¿Mami?

Escucho su vocecita desde el pasillo, posiblemente buscándome en mi habitación.

Limpio mis manos en el delantal que termino desabrochando para dejarlo a un lado de la isla, para rodearla e ir en su encuentro.

Aquí, cariño… Respondo al adentrarme en el extenso pasillo, escuchando seguido sus piececitos golpear el suelo para finalmente aparecer asomado por la puerta de mi habitación. Sonrío al verlo aún en su enterizo de osito Es muy temprano para ti.

Admito mientras lo alcanzo siendo recibida por un tierno bostezo de su parte, mientras frota uno de sus ojitos con una de sus manitas encerradas en un pequeño puño.

Nada más tenerme cerca estira sus bracitos para que lo alce, cosa que hago encantada.

Según he leído debo aprovechar esta etapa dulce y mimosa de él.

Así que lo cargo sobre mi cadera mientras dejo que sus bracitos me rodeen y esconda su carita en mi cuello.

Lo acuno con caricias y pequeños toquecitos en su espaldita al reconocer su comportamiento.

¿Tuviste una pesadilla?

Lo siento asentir, a lo que acuno la parte posterior de su cabecita mientras camino hacia su habitación.

Pero antes de entrar en ella siento sus manitas aferrar mi camisa en pequeños puños.

Quiero estar contigo…

Mi pecho se contrae en una calidez dulce ante su vocecita asustadiza.

 De acuerdo, cariño Empujo su capucha con orejitas de osito para poder darle un beso a su frente, cuando saca su rostro de mi cuello y me mira con esos hermosos y grandes ojitos. He hecho gofres.

Le susurro como nuestra confidencia a lo que él termina sonriendo, empujando lejos esa carita angustiada.

Vuelvo a sellar nuestra dialéctica con un besito en su frente, antes de volver a girar sobre mis pies y encaminarnos a la cocina.

Es un hecho que desde hace varios meces, no soy la única que tiene pesadillas en esta casa.

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