CUATRO

Froto mi frente con cierto cansancio mientras avanzo por la oficina, en dirección a mi despacho.

Hoy he sujetado mi largo cabello en una cola alta, la cual se agita a mis espaldas a cada paso que doy, dejando apenas unos mechones sueltos que hacen el símil de un flequillo escaso.

Nunca he soportado los flecos, para mí.

No me quedan bien, me resultan una lata de mantener y colocar en su lugar, además de no serme absolutamente prácticos.

Pero hace poco creí que algo neutral me ayudaría a mantener mi autoestima y lo hace externamente.

Luzco bien, me queda bien y no importa si se me riza o ondula ya que igual, termina quedando bien.

Pero personalmente, desde mi punto de vista, no me ha quedado como esperaba.

Yo esperaba una imagen un poco más de mujer adulta, fuerte y firme.

Pero en su lugar… me siento como una tonta versión preadolescente mía sobre tacones altos, ropa cara y ese intento de mirada intimidante que apenas me dura lo necesario.

De por si siempre soy juzgada por el hecho de ser madre soltera, obstinada y dedicada a su trabajo en vez de ejercer de buena esposa para un buen hombre.

Y si a eso le añadimos que sigo siendo joven a pesar de tener mis veintisiete años de edad, le agregamos al hecho de que físicamente aparente ser una chica de dieciocho o diecinueve, me hace ganarme de por si el odio de todo aquel que me rechace por subestimar mi esfuerzo y trabajo.

Maldigo internamente mientras paso de largo la mesa de mi secretaria, quien apresuradamente intenta avisarme de algo en lo que no reparo hasta que ya es demasiado tarde.

Cuatro pares de ojos se clavan en mi nada más abrir la puerta de mi despacho.

Cuatro pares de ojos acojonantemente intimidantes y aterradores que me hacen empequeñecer sobre mis tacones.

De repente ya no me siento ni capaz ni segura de nada.

Señorita Monteri, los representantes de Wolften and Hellgan ya se encuentran en su despacho…

La voz de mi secretaria, casi expulsada en un pitido agudo por la angustia de no poder avisarme a tiempo o en sí, haber permitido a estos hombres ocupar mi espacio sin yo acreditarlo, se desvanece cuando poso mis ojos en ella.

Eso veo, Candy…

La joven baja su mirada en disculpa, avergonzada por no haber evitado este incomodo recibimiento.

Pero no puedo culparla, estos hombres incomodarían e intimidarían a cualquiera.

Así que en lugar de seguir con la molestia cubriendo mi rostro, empujo una suave sonrisa de boca cerrada en son de paz.

Tráeme un café Me inclino hacia ella intentando que sea la única que escuche lo siguiente que empujo de mi boca Y si a la vuelta vez que te hago la señal, búscame cualquier escusa para sacarme de este aprieto...

Un brillo divertido se escurre en los ojos de Candy cuando me alejo y asiente, para finalmente retirarse.

Me doy todos los ánimos y las fuerzas para encarar a este grupo de hombres que parece despreciarme tanto o más que yo a ellos.

Les dedico una gentil sonrisa al atravesar la puerta, dejando que se cierre a mis espaldas, con la lentitud del mecanismo de seguridad que conserva.

Bueno, supongo que nuestra reunión se adelanta para hoy… Resalto intentando que no se aprecie la irritación en mi tono vocal.

Siento sus miradas seguirme a medida que me desplazo por mi amplio despacho, rodeándolos hasta acomodarme tras mi escritorio y enfrentarme a ese cuarteto de aterradores hombres.

Dos sentados frente mía, al otro lado del escritorio, en los asientos disponibles para este tipo de reuniones.

Otro de ellos se encuentra vistiendo completamente de negro en un elegante y pulcro traje, de pie a un lado de uno de esos hombres, casi a mi diestra, como si estuviera preparado para atraparme y arrojarme por la ventana si hiciera falta.

Y a la distancia, el ultimo de los hombres, sentado en uno de los sillones de cuero blanco que decoran la mitad de mi despacho.

No sé que pinta ese tipo aquí con nosotros, cuando luce una postura y un semblante completamente desinteresado, en ese caro traje gris, con su profundo cabello dorado de rizos acomodados sobre su cabeza.

Una fina barba acompaña su mandíbula.

Señorita Monteri, lamento presentarnos sin invitación Vuelvo a enfocar al hombre frente mía, quien está más pegado al tipo que sigue de pie, como un guardaespaldas. Sus claros ojos grises y esa mata de cabello oscuro y rizado me recuerdan brevemente a Leonel, pero en una versión mucho más adulta y… varonil. Tenso mi postura, borrando ese hilo de pensamientos, devolviéndole la sonrisa de boca cerrada, sabiendo muy bien que para nada lo lamentan Pero no nos ha dado elección… La oferta que le dimos en la última reunión que tuvo con nuestros representantes, sigue sobre la mesa.

Me acomodo dejándome caer sobre el respaldar de la silla, en un intento de empujar un aura dominante sobre este cuarteto tan intimidante.

Una oferta que parece ser mucho más beneficiosa para vosotros que para mí.

El hombre a su lado sonríe, curvando su comisura casi en una macabra burla que me desafía, en su postura casi despreocupada que llega a ser desde ofensiva a descarada, como si ya se creyera vencedor de esta batalla.

Y por más horrible que sea, este tipo junto al resto es condenadamente atractivo, a un nivel que parece irreal.

Su cabello a diferencia del sujeto a su diestra es de un bonito chocolate, lacio y firmemente cortado por los laterales, dejando una mata de cabello despreocupadamente despeinado sobre su cabeza.

Pero solo se limita a ofrecerme esa incomoda sonrisas, no añade respuesta verbal alguna.

No se lo tome de esa forma ofensiva, estamos aquí para poder llegar a un acuerdo beneficioso para ambos…

Me inclino hacia delante, apoyando mis codos sobre la mesa mientras entrelazo mis dedos frente mía.

No hago notorio la extrañeza de que mi escote no reciba ni un solo vistazo de ellos.

Aunque por el destello en sus miradas, puedo decir perfectamente que el odio hacia mí es mucho más fuerte que cualquier instinto masculino, de apreciar a una mujer bonita y joven frente suya.

Como esperan que me ofrezca a dialogar o negociar un nuevo acuerdo, cuando lo único que me ofrecéis es comprar mi empresa, mi marca e incluso mis acciones… dejándome posiblemente ¿En algún puesto directivo? ¿Limpiando los baños? ¿O de patitas a la calle tras alguna especie de mala prensa, empujada muy probablemente por los suyos, que odian ver a una mujer haciéndoles la competencia?

El hombre frente mía no habla, sus labios se entreabren, casi como si no hubiera esperado mi descarada acusación.

Nadie de ellos se libra de la poca ética con la que llevan a cabo sus negocios.

Nunca he sido chica de dar rodeos o esquivar el bulto para ocuparme luego. Puede que no sea tan observadora pasiva como aparento, solo me gusta analizar a detalle cada posibilidad con la que tomar acción o represalia.

Me gusta ser algo más que un cristal trasparente, probablemente encajo mucho más en un espejo que resalte la verdadera imagen de quien se ponga frente mía.

Relajo brevemente mi postura intentando fingir que tengo ganada esta batalla, aún si mis deudas y problemas van en aumento sobre mis hombros.

Tengo una duda respecto a una cosa, señor… Espero a que me diga su apellido.

Sé que por mucho que pretenda ser intimidante ante ellos, no lo conseguiré, estos hombres destilan y apestan a control, dominio y Alfas de Alfas por todos lados.

Ganter…

Esbozo nuevamente la sonrisa en mis labios.

Señor, Ganter… ¿Cómo es que aún no se han unido a ese grupo de viejas leyendas para destruirme como tanto desean?

Ahí vuelvo a contemplar, como esboza una sonrisa mucho más aterradora que la de su compañero, luciendo una perfecta dentadura perlada en la que creo ver colmillos resplandecientes que erizan mi piel.

Se inclina hacia delante, imitando mi movimiento intimidatorio, pero a diferencia de mí, a él sí que le funciona, pues me hace apretar la espalda contra el respaldar de mi silla y tragar con cierta dificultad cuando esos ojos oscuros de un gris gélido se clavan en mí.

Porque usted ya está destruida… desde hace mucho tiempo…

Algo me hace sentir que no habla solo de negocios o los problemas que estoy teniendo en mi empresa, sino algo más escalofriante y aterrador.

Y lo único por lo que estamos aquí, es por una especie de… ¿aprobación? Cuestiona en dirección del hombre sentado a su lado, quien asiente sin dejar de contemplarme con esa macabra sonrisa pintada en su cara por haber llegado hasta aquí… una bonita y entretenida competencia.

La sonrisa decae en mi rostro por el peso del resquemor que siento hacia los hombres del otro lado de la mesa.

Candy, mi secretaria, interrumpe apropiadamente nuestra reunión con un café entre sus manos en mi taza.

Ella debe sentir la incómoda presión en mi despacho, pues tras dejar el café en mi escritorio se endereza correctamente, aclarando su garganta y resaltando una reunión ficticia con el personal de márquetin.

Vuelvo a empujar una sonrisa en mis labios, mientras me impulso de la silla en ayuda de los reposabrazos.

Lamento haberos hecho perder el tiempo, pero por desgracia el trabajo me llama…

Espero a que se pongan en pie.

Cosa que hacen al arrancar sus miradas de mí y lanzarlas hacia mi secretaria, a quien sí que se comen con sus ojos de una forma casi descarada.

Al menos el tipo que había permanecido sentado frente al escritorio y en completo silencio hasta ahora.

Bueno, definitivamente no soy su tipo.

Ni quiero serlo.

Nos estamos quedando sin paciencia señorita Monteri… Anuncia ese mismo hombre al arrancar su mirada hambrienta de Candy, ofreciéndome una despectiva y burlesca Y sería una verdadera lastima que acabe de nuevo pidiendo en las calles… o vendiendo cerillas.

Bromea con ese humor roto que me hace rodar los ojos mentalmente.

Si eso llega a suceder, señor…

Lether.

No dude en la gran competencia que puedo llegar ha ser para vosotros con una simple caja de cerillas… porque quien mucho abarca… aspiro entre dientes como si hubiera visto alguna acción dolorosa ante mí poco aprieta…

Sus cejas se alzaron sin entender el refrán, haciéndome rodar una vez más mis ojos de forma mental antes de despegarme de mi mesa, rodearla y escoltarlos amablemente hacia la puerta.

Aún si deseo patear sus traseros avariciosos y ególatras lejos de mi edificio. Mantengo la cordialidad hasta el último instante.

Una vez solas en mi despacho, cierro la puerta soltando todo el aire acumulado en mis pulmones y destensando mis hombros.

Señorita Monteri.

La voz tímida de Candy solo anuncia problemas.

¿Sí, Candy?

Sobre la reunión…

La miro al aterrizar nuevamente en mi silla, tras el escritorio.

Empujo una nueva sonrisa en mis labios.

Muy bien hecho, una muy buena improvisación.

Pero señorita Monteri… no fue realmente una invención Murmura con una pequeña mueca de disculpa en su rostro Hay problemas en el equipo de Márquetin que requieren su presencia…

Me tenso al escucharla.

¿Qué tipo de problemas?

Candy parece dudar en como responder, tan nerviosa y temblorosa como anteriormente ante esos cuatro hombres.

Del tipo que aparentemente hay problemas de personal… Duda en mirarme a los ojos antes de añadir o más bien, falta…

Todo rastro de alivio se extingue en mí.

¿Cómo que falta?

Parte de la plantilla a decidido dimitir… o a sido despedida tras desvelar información confidencial sobre próximos proyectos a la competencia…

¡Oh, m****a!

Me despego con violencia de mi asiento, dejando atrás a Candy cuando cruzo mi despacho para encarar este nuevo y maldito problema.

Por eso odio todo lo que representan la cooperativa de Wolften and Hellgan, porque desde que fui nombrada abiertamente como competencia para el resto de las empresas y cooperativas enfocadas específicamente a esto, la publicidad, promoción y creación, no han dejado de ponerme el tras pies o crearme el conflicto necesario para vérmelas en este estado.

A punto de perderlo todo.

Y no puedo permitirles ganar, necesito que Leonel tenga la buena vida que a mi tanto me costó conseguir.

Porque si por mí fuera, hace tiempo que hubiera vendido todo esto y buscado un nuevo objetivo que borre la monotonía de mi vida.

Pero Leo se merece una base sólida y firme desde la que avanzar.

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