DOS

Al día siguiente la monotonía varía al tener que llevar a Leo al médico para hacerse un chequeo.

Desde que cumplió los tres años parece casi arrastrar consigo un catarro leve que aparece y desaparece cada tanto.

El medico intenta calmar cualquier hipótesis que se pueda montar en mi cabeza, al registrarlo como una posible alergia climática.

No llega a extrañarme del todo ya que también soy victima de ese tipo de maluras, pero la sensación latente e insegura de que hay algo más tras sus repetidas recaídas, me hace actuar un poco más precavida de lo normal.

Por eso he cambiado la corbatilla de Leo por una mullida bufanda del osito adicto a la miel, “Winnie the Pooh”.

Leonel me mira con sus grandes ojos de ese hermoso gris claro, sin quejarse de mi obstinada preocupación al insistir si se siente bien, casi pidiéndole sigilosamente que lo niegue para así poder llevarlo conmigo de vuelta a casa.

Lo reviso una última vez, su naricita está rojita por las veces que he tenido que sonarle.

Mami… Su vocecita capta mi atención cuando me pongo en pie y le tiendo mi mano para que la sujete. Sus deditos se aferran a tres de mis dedos ¿Por qué no puedo ir contigo?

El corazón se aprieta en mi pecho y por un segundo estoy a punto de alzarlo en brazos, meternos en el coche y llevarlo a donde quiera.

Sí, extraño demasiado pasar todo el tiempo con mi pequeño cerca de mí.

¿Quieres venir conmigo?

Por un momento ruego a todo que diga que sí, probablemente vaya a ser una madre horrible incapaz de negarle nada a su pequeño, pero adoro verlo feliz.

Para mi desgracia, Leo sacude tiernamente su cabecita en negación, mirando hacia el frente en dirección a las puertas de entrada de la academia.

No, tengo que ser como Mami… Me enfoca de nuevo mostrándome sus dientitos en esa sonrisita que adoro trabajemos mucho hoy Mamá.

Me derrito brevemente por su ternura, dándome cuenta que para lo pequeño que es, es mucho más firme y fuerte que su propia madre -quien ya planeaba sacarlo de ahí y quedarse en casa en pijamas viendo Disney-.

De acuerdo, tengamos un buen día hoy, cariño.

Ensancha su sonrisa mientras lo ayudo a subir los peldaños cortos de la entrada principal, esa que solo usamos cuando debo acompañarlo hacia el interior del centro, puesto normalmente abren una verja amplia que da directamente hacia el ala de Prescolar.

Así que nos demoramos lo que tanto a Leo como a mi nos gusta apreciar de la magnitud del centro en su área principal, Primaria.

Ama esta parte del centro porque hay niños más grandes que él.

De alguna forma su cabecita lo relaciona con los libros que tanto le leo, sobre ese niño con gafas redondas y cicatriz en la frente, que se enfrenta a todo tipo de aventuras mágicas.

Leonel siempre me dice que su escuela es mágica.

Y son con este tipo de recorridos que yo también termino pensando lo mismo.

Pero termino desconectando mi mente cuando las preguntas inician sobre “¿Mis padres me habrían mandado a un lugar como este si no me hubieran abandonado?” “¿Podrían permitírselo?” “¿Habría ido a un lugar público?” “¿Me habrían traído y llevado con sonrisas y besos llenos de cariño como yo hago con Leonel?”

Mami…

La vocecita dulce de Leo me devuelve al presente, notando lo vacíos que se encuentran los pasillos del recorrido que ya nos sabemos de memoria.

Él pestañea mirándome para luego enfocar la puerta en la que nos hemos detenido.

Evito sonrojarme al descubrir que hemos llegado y apenas me había dado cuenta.

Le dedico una pequeña sonrisa de disculpa a Leo, antes de alzar mi mano libre y tocar dos veces en la puerta.

No pasa mucho tiempo hasta que la puerta se abre y esa mujer me recibe.

La cordial sonrisa que pintaba sus labios decae al reconocer mi rostro, pero termina enfocando su completa atención en Leonel, a quién sí le brinda una sonrisa encantadora.

Leonel, creíamos que hoy no vendrías… Pasa y toma asiento, tesoro.

La veo hacerse a un lado para permitirle el paso, pero Leo duda en seguir su petición al mantenerse aún enganchado de mi mano.

Me mira con esos grandes ojos preciosos, casi como si esperara algo de mí.

Sonrío orgullosa de mi pequeño.

Ve, cariño, Mamá te recogerá a la salida.

Él asiente soltando mi mano y precipitándose en la clase casi como un huracán siendo recibido por sus amigos.

Sonrío con mi corazón estrujándose en mi pecho.

Pero la sonrisa tiembla cuando vuelvo a toparme con esa mirada tan afilada.

¿Acaso no conoce el horario señora Monteri?

Empujo una sonrisa en mis comisuras sin realmente sentirla.

Esta mujer realmente me desprecia.

Señorita Monteri Le corrijo, observando como sus fosas nasales se inflan en un evidente malestar y rechazo. Endereza aún más su postura, levantando su mentón con la arrogancia de quien se cree superior Conozco el horario y debido a eso la directora a sido notificada con antelación… Sus ojos afilados me barren con evidente desprecio, juzgando posiblemente todo en mí La salud de Leonel es frágil estos días, alergia climática señalan los expertos, así que le ruego controle las corrientes que pueda perjudicar su estado, disculpe las molestias.

La mujer termina accediendo, dando un breve asentimiento antes de girar sobre sus finos tacones y adentrarse de nuevo a la clase.

Pero antes de que cierre la puerta tras suya, la detengo.

Disculpe ¿Sabe cuándo volverá la señora Clower?

Ella se medio gira en mi dirección, arrastrando una de sus finas cejas hacia arriba antes de responder con cierto tono déspota.

Pregúntele a la directora, señorita Monteri.

Y finalmente me cierra la puerta en mis narices.

Genial, esta mujer realmente me desprecia.

Suelto un pesado suspiro antes de apartarme de la puerta cerrada y volver a atravesar el pasillo por el que hemos venido.

El recorrido de vuelta hacia la salida se siente mucho más solitario, silencioso y triste.

Las paredes pierden casi su belleza lujosa entre cascaras lúgubres de nostalgia.

El suelo pierde el brillo geométrico del mosaico que forman las diversas baldosas de mármol pulido.

He incluso la luz pierde su fuerza a pesar de las extravagantes lámparas que cuelgan en los altos techos de la academia.

Pero me es normal desde que Leonel llegó a mi vida.

Desde el mismo momento en el que lo atrape entre mis brazos y sentí el calor de su cuerpecito contra mi pecho, todo ese mundo gris, carente apenas de color, se volvió mucho más brillante y colorido.

Como si por fin hubiera encontrado lo que tanto había estado buscando todos esos años antes.

Me detengo, cesando el ruido de mis tacones sobre el pulido suelo, al apreciar nuevamente ese par de ojos de discordante color.

Uno gris tan claro como el de Leonel y otro de un azul casi verdoso.

El mismo niño extraño del otro día.

Ahora luciendo su elegante uniforme de la Academia, mientras me contemplaba al final del pasillo con su cabello rizado y revuelto casi por las orejas.

Un nuevo escalofrío recorrió mi columna vertebral al apreciar la tristeza manchando su mirada.

Un destello que duró muy poco, pues antes de poder apreciarlo correctamente, ese mismo niño, se echo a correr hacia el otro lado del pasillo, perdiéndose en una de las esquinas del otro lado del área central.

Intento no darle mucha importancia a lo extraño que comienza a resultarme ese pequeño niño escurridizo.

En su lugar me enfoco en salir de ahí y dirigirme hacia la salida.

Hoy es un día pesado en la oficina… mucho más ahora, puesto debo luchar para no perder aquello que yo misma cree.

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