El viento del Atlántico Norte golpeaba con furia los inmensos ventanales de la mansión segura en Long Island, arrastrando fragmentos de hielo sobre la costa grisácea. En el interior del refugio del equipo Alfa, el ambiente no era menos hostil. La revelación que Isabel Rivas nos había escupido en el sedán diplomático —esa retorcida jugada de Ángel Eduardo Nava para inhabilitarme legalmente usando mi propio embarazo— había desatado en Adrián una locura territorial que rozaba lo demoníaco.
Adrián