El asfalto de la Quinta Avenida reflejaba el gris plomizo de las nubes que comenzaban a cubrir el cielo de Manhattan. Al cruzar el umbral de cristal de la Torre Varela, el silencio de la alta dirección aún vibraba en mi piel, impregnado del calor de los brazos de Adrián y de la certeza de esa nueva corporación que acababa de nacer en los registros estatales bajo el amparo de nuestro futuro hijo. Habíamos borrado el imperio de papel de nuestros antepasados ante la Junta de Valores, pero el aire