A la mañana siguiente, el sol entraba tímido por las ventanas de la mansión. Adrián y yo nos levantamos temprano. Ninguno de los dos había dormido mucho, pero por primera vez en meses el silencio entre nosotros era tranquilo, no cargado de secretos.
Desayunamos en la terraza. Adrián me miraba con una ternura nueva, como si todavía no pudiera creer que ambos estábamos vivos y juntos.
—Hoy iremos a ver a tu padre —dijo mientras me servía café—. Los dos. Sin mentiras. Sin esconder nada.
Asentí, au