Tres días después de mi fiebre, Adrián decidió que necesitábamos escapar.
—Nos vamos —anunció esa mañana mientras yo terminaba el desayuno en la cama—. Solo tú y yo. Cuatro días en la casa de la playa. Sin teléfonos de trabajo, sin reuniones, sin amenazas. Solo nosotros.
Intenté protestar, pero él ya había preparado todo. Matilde empacó una maleta ligera y a las once de la mañana estábamos en el helicóptero privado de Varela Global volando hacia la costa.
La casa era preciosa: una villa moderna