Regresamos de la playa al atardecer del cuarto día. El sol se estaba poniendo cuando el helicóptero aterrizó en la mansión. Adrián me besó antes de bajar, todavía con arena en el cabello y esa sonrisa relajada que solo había visto en la casa de la playa.
—Necesito pasar por la oficina un par de horas —dijo—. ¿Estarás bien?
Asentí, pero en cuanto se fue, llamé a Salcedo.
—Mi padre quiere verme. Solo a mí. Ahora.
Llegué al hospital sola, con el corazón en la garganta. Mi padre estaba sentado en l