El peso de todo era demasiado.
Después del regreso de Valeria, de la reunión de emergencia y de las amenazas constantes, mi cuerpo finalmente se rindió. A la mañana siguiente desperté con fiebre alta, la cabeza latiendo como un tambor y el estómago revuelto. Apenas podía abrir los ojos.
Adrián se dio cuenta en cuanto se despertó a mi lado. Puso la mano en mi frente y maldijo por lo bajo.
—Estás ardiendo —dijo preocupado—. No te muevas.
Intenté sentarme, pero el mareo me obligó a recostarme de n