El auto blindado avanzaba por la ciudad a toda velocidad. Yo iba con la cabeza apoyada contra el vidrio frío, todavía con el vestido rojo oscuro puesto y el sabor amargo de la champaña en la boca. Adrián estaba a mi lado, en silencio, pero su presencia llenaba todo el espacio.
Ninguno de los dos había hablado desde que salimos de la gala. El teléfono de Adrián vibraba sin parar con notificaciones de la foto del balcón y los comentarios de Beatriz. Yo solo podía pensar en sus palabras venenosas