El estruendo de las pesadas puertas de acero rebotó en los azulejos esterilizados del quirófano, rompiendo la burbuja sagrada de nuestro milagro. En una fracción de segundo, el esposo devoto y vulnerable que acababa de llorar sobre mis manos desapareció. Adrián se irguió cuan alto era, convirtiéndose en una muralla infranqueable de puro instinto asesino. Sus hombros se tensaron, sus puños se cerraron hasta que los nudillos palidecieron, y sus ojos negros se clavaron en el umbral, listo para des