La amenaza de Mateo Salazar brillaba en la pantalla como una sentencia de muerte digital. Un servidor de hombre muerto. El truco más sucio y paranoico del derecho penal. Significaba que si le metíamos una bala en la cabeza a Mateo, o si lo encerrábamos en uno de los sótanos de seguridad de Adrián, el sistema informático detectaría su inactividad y enviaría automáticamente la confesión a las autoridades. Estábamos atados de manos.
El amanecer tiñó el cielo de la ciudad de un gris metálico. En el