El zumbido de los motores del jet privado era el único sonido que llenaba la cabina, pero la tensión en el aire era tan densa que amenazaba con asfixiarnos. A treinta mil pies de altura, la victoria que habíamos conseguido en Nueva York contra Margaret Sterling se había convertido en cenizas.
Adrián caminaba de un lado a otro por el pasillo de la cabina, una sombra letal y enjaulada. Se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de su camisa. El monstruo corporativo estaba per