El segundero del temporizador digital descendía con la frialdad de un veredicto definitivo. Cuarenta y ocho segundos. En el centro del salón de los Hamptons, la escena desafiaba toda lógica corporativa. Victoria Belmont, la mujer que horas antes nos había amenazado en mi propio despacho presidencial, ahora temblaba atada a la silla de caoba, con los ojos inyectados en un pánico primitivo. El monitor de frecuencia cardíaca pegado a su pecho emitía un pitido agudo y constante.
Isabel Rivas nos ob