El eco de las palabras de Isabel se extinguió en la niebla mientras la silueta de mi madre adoptiva se desvanecía por el umbral del jardín trasero. La llave de bronce sobre la alfombra brillaba como una burla, pero no tuve tiempo de recogerla. Las pantallas de la tableta parpadearon en rojo: el convoy perimetral ya estaba cruzando el patio de la entrada.
—¿Qué significa esto, Varela? —exigió Agustín, su voz de Interventor Federal perdiendo la finura diplomática al escuchar el rugido de los moto