El eco de los seguros de titanio sellando la sala de juntas aún vibraba en mis oídos. Adrián creía que al encerrarme me estaba protegiendo, pero solo había logrado despertar a la bestia corporativa que vivía en mis entrañas.
Me acerqué al inmenso ventanal blindado. La ciudad se extendía bajo la tormenta, ajena a la guerra fratricida que estaba a punto de estallar en la Colina Negra. Adrián estaba dispuesto a sacrificar su vida y su libertad para que yo conservara la corona. Era el acto de amor